Querer ser profesor

Se aprueban leyes de educación como quien saca nuevos modelos de teléfonos al mercado

Hace años pusimos en marcha en la Universidade de Santiago de Compostela una iniciativa para reconocer públicamente el esfuerzo y la valía de los estudiantes de Bachillerato de Galicia que cada año conseguían una media de sobresaliente tras la selectividad. En cada acto de entrega de los reconocimientos a estos alumnos, y a medida que se acercaban a recoger su diploma, yo les preguntaba por lo que tenían pensado estudiar. Cuando uno de ellos me respondía que quería ser maestro, era frecuente que alguna de las personas que me acompañaban en el acto frunciese el ceño y comentase que no entendía como un estudiante tan excepcional podía malgastar así su sobresaliente nota de acceso a la universidad. Desgraciadamente, la mayor parte de los estudiantes de buenas notas opinan lo mismo. Quizás por eso en España las notas de acceso a la universidad de los estudiantes de Magisterio son claramente inferiores a la media en el conjunto de titulaciones. Esta información la aporta un estudio de la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo, que también refleja que nuestra especialidad de Educación Primaria cuenta con menos de un 10 % de contenidos de matemáticas. Esto me hace pensar en la respuesta de una niña a la que le preguntaron sobre la condición necesaria para ser profesor y respondió inmediatamente: que sepa más que yo.

La falta de un mayor interés entre nuestros jóvenes por llegar a ser profesores se debe sin duda a un conjunto de factores. Ser profesor ni está bien retribuido ni está socialmente reconocido como debiera. Se respeta e incluso se admira al médico por la importancia que le damos a nuestra salud. ¿Pero acaso no es excepcionalmente importante la educación de nuestros hijos? Cuenten con los dedos de una mano las cosas que consideren más importantes en sus vidas. Apuesto a que la educación siempre estará entre ellas. Situamos a la educación en el discurso pero no en la acción. Decimos que nos importa y mucho la educación pero no hacemos nada para que la educación sea realmente importante en la esfera política y profesional.

Se aprueban leyes de educación como quien saca nuevos modelos de teléfonos al mercado, pero casi todo sigue igual. Sirvan como ejemplo los temarios para el acceso a la función pública docente, vigentes durante más de veinte años. Tampoco la formación universitaria se ha aggiornado como debería. José Antonio Marina nos dice que las facultades de Magisterio son muy teóricas y la mayoría no está al tanto de las innovaciones didácticas que se ponen a prueba en el mundo. En este sentido, me parecen especialmente reveladoras las palabras de Jari Lavonen, director de la Facultad de Educación de la Universidad de Helsinki, cuando le preguntaron sobre las cualidades que debería tener un buen maestro -El País, 28 de octubre de 2015-. Según él: “El perfil del profesor está cambiando. El concepto actual de aprendizaje se enfoca en fomentar la independencia del alumno en las actividades, por lo que el docente se convierte más en un supervisor del aprendizaje o en tutor que orienta. El profesional debe ser flexible y estar abierto a nuevas ideas y situaciones, y tener habilidades creativas y resolutivas…”.

Según Marina -Despertad al diplodocus. Ariel, 2015-, “No podemos esperar a que nuevas generaciones de maestros cambien la escuela. El cambio debemos hacerlo los que ya estamos aquí”. Yo no soy tan optimista, ya que creo que necesitamos sobre todo integrar en el sistema varias remesas de profesores formados de un modo muy distinto al actual. No se puede enseñar lo que no se ha aprendido. Si tenemos que cambiar el modelo educativo y el modus operandi de los educadores, necesitamos más de cinco años, que son los que Marina fija como objetivo. Si fuese una cuestión de medios, de cambio de contenidos y de incentivos a los educadores, sí sería posible lograr cambios rápidos, pero es más un problema de fines, de cambio de cometidos y de tener educadores formados para que los estudiantes aprendan y no solo para darles clases. En todo caso, mucho me temo que no vamos a dejar que las propuestas de Marina vayan mucho más allá de servir de tema de tertulias y de críticas de una buena parte del profesorado y de los sindicatos. Como dijo otro Antonio, también sabio, en Campos de Castilla, en nuestro país “de diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Yo añadiría, que por ese orden, además. Por eso el pensamiento de esa décima cabeza no solo no sirve para guiar la embestida de las otras nueve, sino que poco más ha de tocarle que pensar en las consecuencias de las embestidas de los otros. En educación y en otros muchos temas es hora de poner por delante a los que piensan.

 

Origen: Querer ser profesor

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